Ideas que no me entran en un tuit.

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Hay reflexiones que no entran en pocos caracteres. En este artículo, con actualización periódica, iré compartiendo algunas de esas inquietudes.

La necesidad de escribirlas me dio la libertad de compartirlas. Ojalá leerlas te resulte, tan útil, como para mí expresarlas en su momento.

Hace poco un grandísimo amigo (Hugo Lúa) me contó algo que hoy quiero compartir:

“¿Te acuerdas del ‘Mario Bros’? Empezabas la partida con dos o tres setas y, a veces, conseguías otras golpeando ladrillos por debajo.

Pues, ¿sabes qué? En la vida real nosotros solo tenemos una de esas setas; ¡una para toda la partida! Por eso prefiero disfrutar todo lo posible jugándola.”

Nos acostumbramos a la eternidad ajenos a la fugacidad. La vida va más de saborear cada paso que de avanzar, pero corremos.

Corremos ansiando una meta dando por supuesto que vamos a seguir en la carrera. Vivimos ignorando que la meta real consistía más en el siguiente paso, que en la próxima competición.

Amamos lo que puede ser y nos enamoramos del será, olvidando que “es” y “estar” siempre tienen más valor hoy. Siempre más valor que ayer. Siempre más valor que mañana.

Tanta carrera, tanta prisa, tanta galopada y ¡qué pocas miradas! Corremos sin saber para qué corremos pero cuando paramos, sabemos bien por qué paramos.

La vida a veces te para, la vida a veces se para. Te enseña a terminar una etapa, o te obliga, o te invita, pero la termina. Y aunque en ese momento parezca que lo vivido deja de existir; recuerda que nada empieza sin terminar y nada termina sin haber empezado.

Las relaciones, como los latidos, como los libros, como el arte, como la vida, tienen un fin y un principio. Un latido que para, un latido que empieza. Un principio que finaliza, un fin que comienza. Al fin, con fin.

Que ni pasado ni futuro cuenten para valorar la vida; porque vivir con miedo a perder es haber perdido; porque vivir recordando lo que fue, es haber vivido.

Vivamos. Vivamos como si solo hubiese una vida; como si no se fuese a repetir; como si fuese fugaz; como si no fuese eterna.

Hay una frase que, durante toda mi vida, mis padres me han repetido sin parar: “Baila con quien te llevó al baile”.

Me parece realmente fabulosa.

Hoy, casi por arte de magia, me he dado cuenta de su importancia en mi educación porque he sido consciente del valor que llevaba implícito: el agradecimiento.

Baila con quien te llevó al baile” es una forma muy sencilla de recordarnos que la vida es largo plazo. Las necesidades, la urgencia, la ignorancia y, muchas veces, el egoísmo (otra forma de ignorancia) nos invitan a olvidar esta realidad, pero la vida es largo plazo.

Agradecer que nos han ayudado. Agradecer que nos han escuchado. Agradecer que nos han visto. Agradecer que nos han llamado.

Tantas cosas que agradecer y tan placentera la sensación de satisfacción tras realizarlo que, sigue pareciendo de broma que haya tantas personas y profesionales que por querer bailar de más, terminen bailando de menos.

Así que… “Baila con quien te llevó al baile”.

Hay una cosa que contribuye al racismo, al machismo y a la xenofobia más que ninguna otra: la ignorancia.

Y tan peligrosa es la ignorancia de quienes consideran a otro ser humano mejor o peor por su procedencia, color o sexo; como la de quienes siguen pensando que en nuestra sociedad no hay racismo, ni machismo, ni xenofobia.

Solución: leer, estudiar, conocer, viajar, acercarse, comprender… ¡pensar!

¡No les importamos!

Enciendo la televisión y veo a varias personas gritándose, insultándose y hablando sin pensar. Podría tratarse del plató de un programa de tertulianos, pero era algo bastante peor: nuestro Congreso de los Diputados.

De repente, me imagino a un niño a mi lado preguntándome: ¿qué hacen esas personas ahí? Casi me emociono negativamente constatando que casi cualquier respuesta sería válida excepto la que deberíamos pronunciar: trabajar para mejorar nuestra sociedad.

No les importamos.

Digo esto porque, si así fuese, hoy sentirían vergüenza por haber sido el peor ejemplo posible para nuestra infancia y para nuestra sociedad.

Es difícil entender cómo vamos a confiar en que unas personas gritándose, consigan diseñar o aprobar una política de educación real.

No les importamos.

A mi lado ahora no está ese niño al que contestar, pero, en mis redes, estáis muchas personas a las que hay una cosa que os quiero comunicar: el mundo lo vamos a cambiar nosotras, las personas invisibles; y lo haremos en cada acción, en cada ayuda, en cada comportamiento y en cada pequeña contribución. Cada día. No deleguemos ni un segundo más nuestro potencial en unas personas que ni siquiera saben hablar.

No, no les importamos. Ahora bien, no permitamos que nuestra gente, deje de importarnos.

Hay personas que se enfadan, porque las cosas que les enfadan, no enfadan también a otras personas.

Quien entrena esa capacidad, sin darse cuenta, pierde la de alegrarse por las cosas buenas que pasan a los demás.

Ser incapaz de alegrarse por los demás, puede llamarse envidia, quizás ego y, normalmente, acaba en enfado.

Con enfado es difícil escuchar. Sin escucha es difícil entender. Sin entendimiento es imposible cooperar.

La próxima vez que te enfades, puede que te sea útil, comenzar por el espejo primero.

Si hoy fuese mi último día, haciendo balance, me daría cuenta de que tan solo unos pocos momentos definen mi vida: ese café, ese reto, ese viaje, esa conversación, ese beso.

En ese breve período antes de mi salida, casi la única opción sería disponerme más que nunca a la vida; ya que, sin duda, ninguno de esos instantes fue diseñado o programado, sino imprevisto e inesperado.

Es así que la vida sorprende igual para las salidas que para las venidas. No existe la certeza de que hoy será el último día, ni tampoco la de que hoy puede ser el primero.

Entonces, lo único que pensaría es que no se trata de esperar por unos momentos concretos, sino de vivir todos los que vengan, bien atento.

Ocupar todo nuestro tiempo con tareas vacías es una excusa genial para no dedicarle nada a las tareas importantes. Olvidamos que tareas vacías, conducen a vidas vacías.

Empezar unos estudios, buscar un nuevo trabajo, cortar una relación o luchar por un proyecto personal; no suelen ser una cuestión de tiempo, sino de esfuerzo y valor.

Dentro de tres años… quizás tengas una nueva vida. A lo mejor es una profesión desconocida, una pareja diferente o un lugar de residencia original.

Dentro de tres años… igual compartes tus penas y alegrías con personas fundamentales en tu vida que, hoy, son absolutas desconocidas para ti.

Dentro de tres años… puede que no estén todos los que te rodean, pero que te acompañen más de los que imaginas.

Dentro de tres años… sabrás quién te quería, cuál te decía la verdad o qué era en realidad importante para ti.

Dentro de tres años… te habrás superado acabando ese proyecto, esa carrera, esa relación… ese reto.

Dentro de tres años… sabrás si de verdad has sido fiel a tus ideas, tus pasiones, tus valores, tus sueños… tu vida.

Dentro de tres años… No serás tú, y serás tú. Defenderás lo mismo o lo contrario, pero serás tú. En esa nueva versión diferente, innovadora, mejor.

Dentro de tres años…

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| Sobre Javier Cebreiros

Doctor en comunicación y socio de Impact Hub Vigo; imparte conferencias y forma a equipos empresariales con un mensaje propio basado en las emociones y la autenticidad | Autor de “Olvida tu lenguaje corporal”, en este vídeo puedes ver una de sus conferencias | Visita su página web para saber más o contacta con él a través de Instagram | Facebook | Twitter | Linkedin

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